El cine de Cronenberg y las transformaciones psicofísicas

David Cronenberg es un director de cine canadiense que llegó a convertirse en un mito del cine de terror de los años 70-80 del siglo pasado, aunque luego sus tramas fueron evolucionando hacia historias donde la psicología y los conflictos de los personajes iban resultando cada vez más importantes. Debo reconocer que, quizá precisamente por su adscripción al género fantástico-terrorífico y porque sus películas iniciales están plagadas de no pocos componentes “gore”, Cronenberg nunca me había resultado un cineasta especialmente interesante. Pero la casualidad de haber visto en poco tiempo varias películas suyas arrastrado por una curiosidad seguramente malsana, me ha hecho pararme a reflexionar someramente sobre la filmografía del canadiense.

Y me resultó fascinante comprobar cómo Cronenberg basaba sus historias en la observación de cómo determinados factores externos provocan cambios psicofísicos en los protagonistas de sus cintas, lo que les lleva a tener que readaptarse tanto por la novedad que les supone como individuos, como por el conflicto interpersonal que provoca con otros componentes de la sociedad. En este sentido, algunas de sus historias sugerirían la posibilidad de una evolución de la especie humana. El hombre como especie parece que hubiera dejado de evolucionar porque ha sustituido la necesidad de transformarse físicamente para adaptarse mejor al medio, por el desarrollo tecnológico, que permite esa adaptación por medio de elementos técnicos externos a nuestro cuerpo.

En sus primeras películas las transformaciones de los personajes eran puramente físicas, que podrían servir para dar un salto biológico adaptativo de la especie humana. En “Vinieron de dentro de…”  (Shivers, 1975) expondría la tesis más “optimista” desde ese punto de vista, ya que el aparente final negativo de la película, cuya trama se centra en la creación por parte de un científico de babosas que penetran en el cuerpo humano transformando a sus portadores en obsesos sexuales y asesinos, supondría, en el fondo, un triunfo de la nueva mutación del género humano. En los otros dos casos (“Rabia” (Rabid,  1977), y “Cromosoma 3” (The brood, 1979) la mutación termina con el fallecimiento del sujeto portador, lo cual no implica una actitud crítica con el cambio físico producido por parte de Cronenberg. El problema es que la transformación evolutiva supone inevitablemente un desequilibrio de la estructura social, por eso el sujeto (y su entorno) se resiste inicialmente al cambio, aunque termina por buscar la adaptación al nuevo medio porque el ser humano tiende a eso sea cual sea su circunstancia.

Sus siguientes tres películas evolucionan hacia cambios más psíquicos que físicos (como si fuera un proceso a funciones superiores de nuestro organismo). Así, en “Scanners” (1981), Videodrome (1982) y “La zona muerta” (The dead zone, 1984), aparecen en sus personajes capacidades telepáticas extremas, alucinaciones perturbadoras y poderes mentales que permiten conocer los secretos interiores de otros, respectivamente. En “La mosca (The fly, 1986) los cambios son globales y afectan a la totalidad del individuo. Probablemente, “La mosca” sea la película de  su filmografía que mejor funciona como metáfora del envejecimiento humano porque, a pesar de que la transformación en insecto provoca el desarrollo de determinadas aptitudes positivas impropias de las personas, el proceso viene acompañado de pérdida progresiva del lenguaje, cierta atrofia psicofísica y un aumento progresivo del miedo al entorno.

Pero sin duda, la película de Cronenberg que me resulta más interesante es “Inseparables” (Dead Ringers, 1988). Probablemente es un compendio de distintas obsesiones de Cronenberg, pero mantiene un tono más realista que la mayoría de sus cintas (no hay elementos de ciencia-ficción que provoquen la acción de la trama, sino que utiliza algo tan real como la existencia de gemelos idénticos para convertir esa peculiaridad biológica en algo inquietante) y los conflictos son fundamentalmente psicológicos (necesidad de los gemelos de independizarse uno del otro versus conexión psicofísica indivisible, triángulo amoroso, caída hacia la locura…) , aunque con ramificaciones hacia la mutación física (paciente con tres cuellos uterinos y creencia delirante por parte de los hermanos de que todas las mujeres están mutando) y el género de terror (locura de gemelos e instrumental creado por ellos para intervenir a las supuestas mutantes) más sutiles que en el resto de su obra.

Desde su siguiente película, “El almuerzo desnudo” (Naked lunch, 1991), hasta la actualidad, se ha preocupado más por el fondo psicológico de sus personajes sin dejar de lado transformaciones físicas o psíquicas de diferentes maneras: alucinaciones, hombres que parecen mujeres, pérdidas de partes del cuerpo en accidentes automovilísticos, consolas de videojuegos insertadas en las espinas dorsales de los jugadores, síntomas esquizofrénicos,  próstatas asimétricas, quemaduras severas en cara y cuerpo…

En definitiva, guste más o menos, no se puede negar que se trata de una filmografía sugerente, sujeta a diferentes niveles de lectura, con un discurso homogéneo de fondo (lo que se entiende por un “autor”), pero que ha ido evolucionando desde unas primeras obras muy apoyadas en la mutación física, pasando por una etapa intermedia de transformaciones y capacidades cognitivas, hasta desembocar en tramas más psicológicas y realistas.

¿Y acaso no es nuestro propio de proceso de envejecimiento una serie de transformaciones psicofísicas a las que nos vamos acostumbrando paulatinamente y que nos obligan a ir adaptándonos al medio progresivamente y que nos van convirtiendo, para bien o para mal, en algo distinto, diferente, de lo que éramos?

Pablo Sierra

Psicólogo Humanista