Trabajo en una mini residencia para personas con diagnósticos de enfermedad mental crónica y duradera, es decir, encuadrados en el ámbito de las psicosis, esquizofrenias, trastornos de personalidad y bipolares, fundamentalmente. Es un recurso abierto tanto en el sentido de que entran y salen libremente a la calle, como en el de que están en el dispositivo por propia voluntad: pueden solicitar el alta voluntaria cuando así lo deseen y marcharse sin más. Aunque es un recurso residencial, se trabaja para fomentar la autonomía de los residentes y su integración social de cara a poder irse de alta al entorno comunitario. En buena medida el trabajo consiste en acompañar a los residentes en su proceso personal, recogiendo sus deseos y respetando sus decisiones… hasta que deciden algo que no nos gusta.
Si hay una corriente dentro de las teorías psicológicas que apuesta por la capacidad innata de los seres humanos para crecer personalmente y desarrollarse hacia una vida más completa y significativa, esa es la Psicología Humanista. Pero nuestro camino, nuestra experiencia personal y nuestro proceso individual se van construyendo en torno al conjunto de decisiones que vamos tomando a lo largo del tiempo.
Y el conjunto de decisiones que tomó una de las residentes fue darse un plazo de dos meses y probar suerte fuera de la residencia. Y los profesionales nos asustamos porque no la veíamos preparada para asumir las consecuencias de semejante decisión.
La Psicología Humanista maneja como elemento fundamental el concepto de aceptación incondicional. La aceptación incondicional se refiere a una disposición para aceptar a las personas tal y como son sin juzgarlas ni ponerles condiciones para valorarlas positivamente. Por tanto, en el terreno de las decisiones, la aceptación supone reconocer la valía de cada individuo para adoptar sus propias elecciones. Esto supone adoptar una actitud respeto profundo hacia los otros.
Eso es. De respeto profundo. Así que le devolví a la residente que, sin duda, yo respeto sus decisiones y empatizo con su situación, sólo que no terminaba de ver claro que fuera a hacer lo más adecuado para ella. Sólo pretendía que le diera una vuelta antes de precipitarse.
La Psicología Humanista considera que cuando interactuamos con otras personas resulta fundamental considerar que cada ser humano es el protagonista de su propio viaje de autodescubrimiento y crecimiento personal. Es importante ser consciente de nuestras propias emociones para considerar en qué medida pueden estar influyendo en mi actitud hacia el otro.
Y mis emociones en relación a la residente eran de miedo e inseguridad (hacia ella porque no podía evitar desconfiar de sus posibilidades y hacia mí mismo porque no me atrevía a validar su decisión y sentirme luego responsable de su fracaso). Pero, ¿hasta qué punto mi ansiedad era razonable? Si me paraba a ser del todo consciente, veía que en realidad, yo estimaba que podía irle bien, pero no quería asumir el margen de riesgo de fracaso.
La residente se fue de alta. Al cabo de pocos meses dejó de tomar la medicación porque se encontraba muy bien. Tuvo una descompensación psicótica. Ingresó en la Unidad de Psiquiatría de un hospital donde permaneció tres semanas y al alta se valoró que volviera a nuestra residencia. Lo que me temía, pensé. Esta mujer no supo medir sus posibilidades, juzgué. ¿Y ahora, qué?
Resulta que la aceptación incondicional también juega un papel fundamental en la manera en que afrontamos las consecuencias de nuestras decisiones. A veces las cosas no salen como esperábamos. Entonces afloran con facilidad los juicios y la crítica. Pero si cultivamos esa actitud de aceptación se puede hacer brotar la compasión y la empatía.
Reconozco que me supuso un esfuerzo, en mi primera conversación con ella tras volver al recurso, mantener esa actitud de aceptación incondicional. Pero ella, de manera natural, expresó la situación como la sentía. Vino a decirme que se sentía apenada por el fracaso y se encontraba algo decepcionada consigo misma por haber sido tan ingenua de confiarse y dejar la medicación precipitadamente. Que el ingreso había sido deprimente. Pero que se veía ahora más fuerte y consciente. Que sabía lo que teníamos que trabajar en esta nueva etapa y estaba motivada para hacerlo. Y que me daba unos meses para ir trabajando con ella antes de volver a solicitar el alta.
No digo que los profesionales no hagamos una labor importante en las vidas de las personas que tratamos, pero muchas veces pienso, que, afortunadamente, son ellas las que, en última instancia, dirigen sus propios procesos.